Mediodía en Lisboa
(Agosto, 2004)
Yuri Antonio,
¿necesitas dedicatoria?
Camino las mismas calles por donde tú andabas, Magaly Portugal, y el mismo tranvía me deja frente a tu casa. Aún malgasto mis pasos en Alfama, tu preferida, y recuesto nuestros cansancios soleados a la sombra de las parras mientras llega la noche. Sonambulo cavidades nocturnas del Bairro Alto, bullangueo en el bullicio de los turistas marineros buscadores de añoranzas y quisiera oír tu blanquinegro taconeo en el empedrado y verte aparecer, con tu chal de fadera sobre los hombros, al doblar una esquina.
Escribo.
¿Dónde estás?
¿En qué algaidas se pierde tu mirada?
¿Qué pensamientos salen a borbotones cuando te descuidas?
Siempre es así cuando me hiere tu recuerdo. Abro la ventana y me tiendo frente a ella para recibir tu risa enredada en el vuelo de las palomas. Abro la ventana para recibir tu canto grave en el viento.
Enciendo un cigarrillo. Pongo el tocadiscos. Dibujo tu rostro en la pared desnuda. Bruja de pelo negro, de manto negro y mirada oscura. Muerdes la ventana. El vidrio desgarra tu carne. Rojos tejados, paredes blancas. Cielo azul que ninguna nube empaña. Cielo azul sobre el Tajo, entre tus labios. El Tajo luz azul del cielo entra a torrentes por la ventana. Tajo. Cielo. Mar. Engulles Lisboa con una sonrisa.
Si no fueras Magaly pared desnuda, si no estuviera seguro de tu presencia, tal vez preguntaría por ti a mi tristeza. O tal vez fingiría que me escuchas, mujer que no eres tú. ¿Pero qué diré? ¿Quédate? ¿Vete para seguir viviendo de tu lejanía?
Finjo que me amas y te visto de estrellas y te corono de rosas y de violetas. Tu mirada sombra tiene la profundidad del universo, su misterio. Las grietas en la pared anuncian tempestades. Centellas que desfiguran tu rostro. Grito demonia y la tinta escurre en tus mejillas. Sólo tus labios son bellos. Ya no te van los astros ni las flores ni los besos. A ti te van los huracanes, los cataclismos.
Otro cigarro. El mediodía hiere el oído. Abro los ojos. Quizá la puerta se vería bien si fuera gris absurdo. Calor. Verano azul del Tajo. Más allá la nada. Escribo. Sí. Mejor escribo. Finjo que soy poeta.
¿En qué mareas agitas las manos?
¿Quién te llama niña la más amada en las noches de viento?
¿A qué sabe tu voz pronunciando otras lenguas?
Clac
Clac
Clac
¡Ah! El sol azul de mediodía entre tus labios. El Tajo rojo. El vidrio que poco a poco se desangra.
Mi maleta bajo la cama sigue intacta, mis papeles en regla y un pasaje listo para usarse. Pero estoy aquí. Ancla en la brisa de tu memoria. Cordel atado a un continente para no perderse en el océano. Piso inhabitado. Residente transitorio. No soy como tú. Yo sueño con el regreso allá, a donde el sol se tiñe de amarillo, de verde y de naranja.
No tú. Tu recuerdo es el que me ata a esta saudade, a esta música y este respirar tu distancia.
Fumo. La música en el tocadiscos. Mis manos destilan colores que no te tiñen. Tú eres negra. Tu mirada es sombría. El arcoiris no se inventó para colorear tu rostro.
Si sólo fueras imagen. A veces te pienso…
No. Para ti significan lo mismo beber alegría a bocanadas en el Castillo del Morro; cuidar tortugas en Costa Rica o construir cobertizos a prueba de nostalgias en el centro de África. Pero no eres vagabunda. No recorres pueblos y ciudades con el asombro en los ojos ni con la intención de una próxima parada. Huyes. Te escondes. Te despojas de intenciones. Te desnudas de tu nombre. Ayer Magaly Portugal. Hoy, tal vez, Sofía Siberia o algo más remoto.
Pero siempre es así. Siempre, al mediodía, engulles Lisboa con una sonrisa.
16 de noviembre de 2006
Hace muchos años, cuando era niña, mi papá y yo teníamos un juego. Yo preguntaba:
—¿Qué hay detrás de ese cerro?
Y él contestaba:
—Las Mezas de Terrenate.
—¿Y después de Las Mezas?
—Tepalcatepec.
—¿Y más allá de Tepalcatepec?
—Apatzingán
—¿Y después?
—Uruapan.
—¿Y más allá?
—Morelia.
—¿Y luego?
—México.
Ahí acababa el juego. México era el ideal, el viaje inalcanzable, lo más lejano.
Otras veces, a través de Coalcomán llegábamos a la orilla del mar. ¿Y qué había más allá? Lo ignorábamos. El fin del mundo donde las aguas se desplomaban a un vacío eterno.
Hoy, papá, ya sé qué hay más allá del mar, y si volviera a ser niña te pediría que me preguntaras, y te contestaría que más allá del mar hay ciudades y mujeres y hombres y ríos y flores y árboles. Y tú preguntarías con toda tu carga de generaciones de sedentarismo:
—Para ver lo mismo ¿es necesario ir tan lejos?
Y yo te diría que sí, que pocas cosas me han llenado tanto como viajar. Con la mente, con el corazón, con el alma toda se viaja. Y cuando se está lejos, se descubre lo mejor y lo peor no de los otros, sino de nosotros mismos. Gracias a eso conozco el sabor del vino en el Mediterráneo, sé de qué color se tiñen los montes en Grecia, a qué huele el mar en La Habana y cómo suena la pluma fuente al deslizarse en el papel cuando escribo en México.
Agosto, 2007
Viajar es mucho más que salir de casa.
Viajar es llevar lista la mirada para sumergirla en colores no conocidos.
Es bañarnos la piel de sonrisas,
oír de madrugada nuevos cantos y nuevas voces.
Recostarnos a la sombra de un almendro y saborear las nubes del atardecer.
Es respirar hondo y caminar siempre un paso más lejos.
Viajar es subir y bajar los trenes de la nostalgia,
porque viajar es también volver a casa.
Praga
2 de julio de 2009
Praga cabe en el hueco de la mano. Así de entrañable es, de cálida. ¿Será por Jan Neruda y los ecos que despierta en nosotros los latinoamericanos, o por Kafka y su casa diminuta en el Callejón del Oro? ¿Será por el Museo del Juguete, por las jóvenes con un halo de flores de Mucha? ¿Quizá por el Niño Dios o por las vitrinas atestadas de vidrios de colores? Aquí la palabra extranjero carece de valor y se camina por sus calles y plazas como por un lugar ya conocido, con las manos entretenidas con un cucurucho de cerezas compradas en cualquier puerta. Y de pronto, al doblar la esquina, aparece la grandeza: el reloj astronómico, la iglesia de Nuestra Señora (Tyn), el río Moldava, el Puente Carlos, el Castillo y su Catedral de San Vito. Y en cada plaza: música. En cada sala, en cada esquina la música viene a nuestro encuentro para darnos la bienvenida.
En una ventana, una joven de cabellera color buganvilla, blusa negra y falda azul contempla despreocupada la plaza mientras da largas fumadas a su cigarro. En la pared, una virgen guerrera medieval cabalga frente a ella, y otra, sentada en la reja de un balcón, la contempla desde arriba. Presente y pasado. Las jóvenes de Mucha están en todas partes y se percibe su olor a flores.
En Praha encontré dos sueños recurrentes que me siguen desde la adolescencia. Fin de la Primavera de Praga: Jan Palach autoinmolándose convertido en antorcha —hasta hoy no sabía si alguna vez existió o yo lo inventé. Otro sueño, o una fotografía vista en alguna publicación y perdida en la memoria: el cementerio judío así como lo visitamos, en un casi anochecer lleno de bruma, con los pies helados y la ropa mojada.
Es verdad, en Praha nos tropezamos con nuestros sueños y Arianna por fin encontró el suyo: una malteada de chocolate en un McDonald’s.
Mikonos-Pireo
20 de julio de 2009
Islas. Pedruscos atados al azul profundo del Mediterráneo. Mal humor. Ruido. Sillas incómodas. Humo de cigarro. Calor. Y sobre nosotros, gaviotas. Cientos de gaviotas parecen suspender el barco con hilos invisibles sobre olas de papel azul.
A media cubierta, Roberto, Daniel y Emilio platican con un desconocido y beben cerveza. Un mar dorado brilla dentro de cada vaso. Beben y la espuma les queda entre los labios, fresca. La conversación debe ser interesante pues oigo, lejanas, sus carcajadas. ¿Qué espero para unirme a su risa? Sopla el viento y extiendo los pies y los brazos y me sumerjo en una ensoñación de océanos e islas. Recuerdo a Julio Cortázar, y al borde blanco de un acantilado le digo adiós a este barco-avión que pasa lamiendo sus pies, sin arriba ni abajo. Pero no hay naufragio, ni caída, ni conozco a los habitantes de la isla ni me ven, sorprendidos, con una enorme tajada en la garganta. Sigo tranquila al borde del precipicio diciendo adiós con la mano.
Dorita y Arianna, junto a mí, viven su propio sueño. Más allá, la cabellera roja de Natalia brilla en remolino a la luz del sol. Y la risa cantarina de Raquel se desgrana, se esparce, sube, vuela con las gaviotas.
Un entumecimiento paraliza mi cuerpo. Miles de agujas me atraviesan. ¿Cuántas horas llevo inmóvil? ¿En qué momento Dorita y Arianna se alejaron y volvieron con bebidas frías?
Nos detenemos. Un puerto al frente. Casas blancas arracimadas en una colina, casas blancas y cúpulas azules. Maniobras de carga y descarga. Desciende un tumulto de pasajeros y embarca otro. Continuamos mar adelante, siguen las gaviotas guiando al barco. El sol poco a poco desciende y cuando el horizonte se desangra en nubes rojas y violetas, vemos, a lo lejos, El Pireo.
En Micenas
El sol cae inmisericorde sobre las ruinas de la ciudad. Micenas se levanta sobre un promontorio ardiente, rocoso, árido, donde la vista se pierde en la lejanía y en el tiempo. Allí se oyen voces, pero no son las de los turistas que, ávidos, palpan cada roca y escudriñan cada grieta, como queriéndose llevar el sitio impreso en la mirada y en el tacto. Son voces remotas, voces de personas ya ausentes en la memoria de los hombres.
Camino silenciosa, reverente, por el sendero de grava que conduce a la milenaria Puerta de los Leones y los veo y dudo. Son Leonas. Son La Madre. Son La Tierra. Son lo que fue y para siempre dejó de ser. Y me pregunto cuántas veces ella, Clitemnestra, posó su mirada aquí y se sintió orgullosa de su ciudad, cuántas veces sus pies hollaron esta senda mientras el viento agitaba suavemente su túnica blanca, su túnica de reina. ¿En qué pensaba entonces? ¿Qué dolores antiguos y nuevos anidaban en su pecho?
| Puerta de los Leones |
Su tumba está abajo, a la derecha, fuera de la ciudad. Aplazo la visita aun sabiendo que ella espera. Cruzo La Puerta y el círculo de tumbas reales se abre majestuoso a la vista. Sigo el camino y llego a la cumbre. Natalia señala el sitio exacto donde estaba el baño del sacrificio y, en un momento mágico, me veo rodeada sólo de mujeres: la misma Natalia, Dora, Arianna, Adela, Pili, Mari Tere. Todas con los pareos al viento, mantos multicolores que nos cubren desde la cabeza. Emilio y Roberto nos observan desde un poco más allá. Momento perfecto en su fugacidad. Instante en el que sólo las mujeres tenemos cabida. En el que, como señaló Rilke, con un movimiento de manos cortamos rosas invisibles en jardines a los que sólo nosotras tenemos acceso. La magia se rompe y continuamos nuestro recorrido. Descendemos. Vamos al Museo y la visita sigue aplazándose. Fuera de la tienda nos sentamos a la sombra de un árbol, platicamos con Carolina y esperamos. Esperamos en la modorra del mediodía. De pronto algo, una voz interna, me dice que es el momento.
Roberto, Dora, Arianna y yo descendemos hacia las tumbas. Egisto duerme el sueño milenario de los que sólo son recordados por la grandeza de otros. Respetamos su sueño y nos marchamos. Al lado, muy cerca, Clitemnestra nos espera.
Penetro al recinto y en un impulso me descalzo y busco un lugar apartado para sentarme, para hablar con ella. Mis sobrinas observan el lugar. ¡Tanto han escuchado de ella! Crecieron con su nombre en mis labios. Roberto, respetuoso, nos espera fuera. Es nuestro momento. Aquí las voces se borran, aquí el sol no penetra. Aquí descansa, en la sombra fresca de la tierra. Y hablamos como dos viejas amigas, hablamos...
Salimos. Algo resplandece en las ramas del único arbusto que sombrea el entorno. Me acerco y descubro una enorme gota de resina petrificada brillando al sol. Una gota de ámbar como una lágrima. La desprendo, sonrío y digo, agradecida, humilde: “Yo te saludo, Clitemnestra”.
Foto: Rosa Mendoza Valencia
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